Es que según el viejo refrán –menos cínico que burlón– entre los
lectores y frecuentadores de la palabra escrita se suelen detectar dos
tipos de tontos: los que prestan sus libros y los que los devuelven. Me
han tratado de tonto a menudo –y a veces con razón–, pero sólo me he
sentido orgulloso de serlo cuando me consideraron miembro de esa
cofradía: prestador y devolvedor, tonto al cuadrado.
En buena lógica, se podría llegar a suponer que hay también dos tipos de
vivos: los que no prestan los libros (suyos) y los que no los devuelven
(los ajenos). Claro que no son bibliotecarios ni van a la biblioteca:
juntan en su casa, cosechan en la ajena. Estiban y almacenan, compran
por metro, forran y enfilan. Los libros de esos vivos no son suyos ni de
nadie: están muertos. Los tontos aprendimos en la biblioteca –pese a
ser tontos o precisamente por eso– que un libro es mío sólo cuando (y
porque) lo he leído y aunque no duerma siempre en casa. Es su modo de
vivir. Si no, está muerto.
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